jueves, 14 de agosto de 2014
EL AMOR
El amor viene lento como la tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de granizo o fría seda educada.
Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.
Yo camino en silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,
o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.
Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.
Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en tus largos cabellos las dolientes violetas.
Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.
Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía
que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y penas.
Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,
finalmente destruida por un alba de odio.
Efraín Huerta
martes, 22 de julio de 2014
Cómo vencer el miedo a la Soledad (en compañía de alguien)
—La Soledad es mi única compañera, mi refugio.
Escuchamos aquella lectura con un temor creciente a esa soledad opresiva de la que hablaba el poeta.
—La Soledad es fiel, es paciente, siempre tiene tiempo para nosotros.
El salón estaba en penumbras, de tal modo que los espectadores tuviesen la sensación deestar solos frente al orador.
—La Soledad no exige nada, no es demandante, no precisa multitudes ni tributos.
Un temblor sobrecogedor nos estremeció en nuestros asientos.
—La Soledad es hermosa, por eso nunca está sola.
Las luces se encendieron y el hechizo se rompió. Conmovidos, nos incorporamos. Alguien dijo algo sobre la importancia de despertar al profesor Lugano, que dormía plácidamente en su butaca.
Ganamos la puerta.
La noche húmeda y fría de Buenos Aires nos recibió. Nos extraviamos por calles adoquinadas que nunca nos atreveríamos a transitar solos.
La luz pálida de un bar nos guiaba hacia el sur.
Antes de entrar apresuradamente a ese recinto donde los hombres se congregan paraevadir la soledad, alguien dijo, sin escrúpulos:
—Coincido con el orador. La Soledad es hermosa.
El profesor Lugano añadió, adelantándose para abrirse paso:
—En especial cuando se tiene alguien a quien decírselo.
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